Petricor
El otro día llovió, hacía ya un tiempo sin llover. Más bien, fue
la primera vez que llovió desde que empezó la cuarentena. El
petricor me produjo melancolía y me hizo anhelar los días en los
que podía salir. Porque aunque sea relativamente poco el tiempo que
llevamos encerrados, la privación del exterior y del contacto social
hacen que el tiempo transcurra de manera distinta, no necesariamente
lenta, pues varias de las actividades cotidianas no han cesado y, por
lo tanto, no he tenido sosiego alguno para tal afirmación; lo que sí
puedo afirmar es: que el tiempo se ha roto.
Uno
se pierde entre el azar de los siete días. Seguido se olvida en cuál
se está. Sucede más aun con las horas, porque el azar en ellas
resulta incluso más proceloso: en el día al que corresponde el
cambio de horario de verano ocurrió algo inusitado: resulta que para
mí (y para muchos otros, supongo) esta variación en el horario pasó
desapercibida.
Charlando
con un amigo, me contó que el tiempo se le había pasado rapidísimo,
que, en un abrir y cerrar de ojos, como si nada, discurrió una hora
completa. Recuerdo que presenté cierto grado de asombro, puesto que
tuve una sensación similar. Hasta entonces, ninguno de los dos se
había dado cuenta de que en realidad esa percepción había sido
efecto del cambio de horario. De repente miré mi reloj de mano y
luego miré mi teléfono; noté la disparidad entre ellos. Entonces
entendí lo que había sucedido.
Comentarios
Publicar un comentario